sábado, noviembre 19, 2005

Principios de Julius Marx

Las ironías y el ingenio de Julius "Groucho" Marx han sido motivo de deleite, regocijo y estudio durante los años que vivió (1895-1977) y desde entonces.

Hizo escuela, además. Se ha repetido que el teatro del absurdo fue cimentado por sus salidas y, particularmente, por alguna de sus películas, donde, además, contó con la colaboración de dos de sus hermanos.

Woody Allen demuestra en muchas de sus películas cuánto le debe a Groucho. Resulta curioso que la gente olvide películas como "Una noche en la ópera", pero tenga presentes frases que se han transformado en refranes, al extremo que ya se olvida su originador. Pasemos una lista breve:

"No puedo pertenecer a un club que me acepte como miembro".

"El matrimonio es la principal causa del divorcio".

"Nunca olvido una cara. En su caso haré una excepción".

La que nos preocupa hoy, y que hemos recordado estos días, donde se han difundido desde la Casa Rosada ejemplos de inconducta ciudadana, es la siguiente: "Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros".

Groucho no podría haber imaginado que su humorada sería practicada con tanto fervor por políticos locales.

Tanto Samuel Beckett como Eugene Ionesco se hubieran congratulado de la atención otorgada a sus obras. Los aplausos del público y los instantes de reflexión que sus inteligencias deparan marcaron, sin dudas, a aquella generación acostumbrada a las guerras y para la que los ingredientes de la vida eran absurdos e irrelevantes.

Esos elementos fueron también explicados, y cómo, por Alberto Giacometti, genuino artista existencialista, y, próximo a nosotros, por el notable novelista Juan Carlos Onetti.

No exageremos, ni nos hagamos ilusiones. Para alcanzar los precipicios de estos políticos que juzgan la traición como un honor y la mentira como una revelación mística no fue necesario presenciar las películas de Groucho o las obras de teatro del absurdo. Alcanzó con recordar algunas hazañas de estafadores que se publican en las secciones policiales de cualquier diario.

Hermenegildo Sábat